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TURISMO PROGRESISTA, O DEPREDADOR Una visión privada sobre un debate público. En una encuesta privada desarrollada a través de Internet por el sitio www.lagunalobos.com.ar, ante la pregunta “¿Dónde piensa que el Partido de Lobos debería focalizar su desarrollo turístico”, dos de cada tres participantes eligieron a la Laguna antes que otras opciones como: “Las estancias y el polo”, “La ciudad de Lobos”, u otras. En estos momentos, un fuerte debate sobre el futuro turístico de la Laguna se viene desarrollando tanto en sitios abiertos como Facebook, con cientos de opiniones, como en charlas informales y cotidianas de vecinos y comerciantes de la localidad. Creemos que todo el Partido de Lobos debería incluir este debate en su agenda, ya que se trata de un tema de indudable interés común.
El contexto del desarrollo Propiciar el desarrollo turístico de una plaza receptiva, como la Laguna de Lobos, basado fundamentalmente en la inversión y en la iniciativa privada, tiene sus reglas y sus técnicas. Muchas de ellas devienen del marketing estratégico e institucional, pero también y sobre todo, de las leyes de la economía real. Nuestro sistema de vida impone roles claramente diferenciados al sector público y al privado. En el ámbito del desarrollo turístico, corresponde al Estado (sea nacional, provincial o municipal) generar las condiciones estructurales apropiadas: accesibilidad –caminos y calles-, servicios públicos básicos, seguridad, marco normativo y legal, entre otros. Cuando el Estado provee de estos elementos de modo adecuado, el resultado es la irrupción de la iniciativa privada, que básicamente busca beneficiarse de las condiciones de sustentabilidad generadas desde el Estado. Esto no es ni más ni menos que el meollo del pensamiento económico que, a fuerza de votos, hoy predomina en la Argentina y en nuestro propio Partido: un Estado presente y proactivo, como contrapartida al Estado “bobo y ausente”. Pero cuando hablamos de pequeños emprendedores (la especie más común en la industria turística) no siempre incide tan solo el interés económico o fríos cálculos de rentabilidad. Los elementos sicológicos y humanos que influyen en el desarrollo del capitalismo, han sido ya profusamente estudiados en las últimas décadas del siglo pasado. Tanto desde el lado del consumo, como de la oferta. Las características propias de la actividad turística, le asignan un rol sustancial y subjetivo a las motivaciones personales, en la cadena de decisiones de los emprendedores del sector. Eso explica el motivo por el cual, sobre todo en las localidades pequeñas como la Laguna de Lobos, muchas veces el Estado se ve exigido a “correr” detrás de los reclamos de los emprendedores privados, aún antes de haber generado condiciones adecuadas para atraer esas inversiones. Esta breve introducción enmarca, a nuestro modesto entender, el estadio en que se encuentra hoy el desarrollo de la Laguna de Lobos como plaza turística receptiva, sustentable en el tiempo.
Desarrollar políticas, o defender ideologías Décadas atrás se admitían definiciones del tipo “La ideología es el cristal a través del cual vemos la realidad”. Una definición sin duda muy práctica, pero anclada en las consecuencias y los fines de la ideología, antes que en su validez. Colocar empecinadamente ideologías envasadas en frascos de cristal, por delante del análisis objetivo de la realidad, fue un error muy común de nuestra generación. Así nos fue. Cualquiera que en su infancia –o de grande- haya jugado a mirar a través de un prisma de cristal, seguramente retiene en su memoria visual imágenes maravillosas, solo comparables a las del viejo calidoscopio. Deformaciones de la realidad tan coloridas como engañosas. Por eso aquellas viejas definiciones de la ideología, conllevaban en si mismas el germen de dolorosos fracasos nacionales. Consensuar y ejecutar políticas concretas y claramente definidas para el desarrollo del turismo –o de cualquier otra actividad económica y social- requiere despojarse de prejuicios ideológicos y priorizar la realidad.
Que clase de turismo queremos atraer a la Laguna Nosotros pensamos –dejando a buen resguardo que puede haber otras ideas mejores- que debates del tipo “turismo popular” o “turismo elitista” esconden groseros prejuicios ideológicos tanto de uno como de otro lado. Desde luego, pocas personas se atreven a plantear el debate en estos términos, prefiriendo hacerlo a través de eufemismos variados. Estas que para algunos pueden parecer cuestiones demasiado teóricas, tienen su correlato cotidiano en la Laguna de Lobos. Tanto en el discurso social de su pequeña comunidad, como en el intercambio entre esta y el Estado Municipal. Dicotomías del tipo “Villa Loguercio o la Costanera”, “el Club de Pesca o el resto”, “gastronomía o salame y tetrabrik”, “festivales populares o calles transitables”, no expresan solamente diferentes visiones o intereses –y no únicamente comerciales-, sino también profundos prejuicios ideológicos. Nosotros creemos que desarrollar el turismo receptivo en la Laguna en forma sustentable, requiere de generar condiciones adecuadas para todos los públicos de todas las condiciones sociales. Eso implica desde luego, políticas claramente diferenciadas para los diferentes tipos de demanda, y políticas públicas activas para hacerlos compatibles entre sí, respetando y haciendo respetar la singularidad de cada uno. La verdadera dicotomía debería ser, entonces, entre un turismo progresista y un turismo depredador. El primero es el que genera trabajo, nuevas inversiones, desarrollo y progreso en un contexto sustentable, sin que esto dependa únicamente de la capacidad de gasto de cada turista. El segundo, es el que depreda los recursos de todo tipo que hacen al potencial turístico de nuestra Laguna.
El turismo depredador: un flagelo con historia y con presente El turismo depredador no surge en el Siglo XXI ni, por supuesto, es exclusivo de nuestra Laguna. Nuestros Parques Nacionales, algunos casi centenarios, no son ni más ni menos que la expresión concreta de políticas públicas contra el turismo depredador: zonas protegidas, y vigiladas. Porque sin vigilancia no hay protección posible. En nuestra localidad el concepto de “turista depredador” estuvo mucho tiempo asociado a su recurso históricamente mas preciado: el pejerrey. Pero existen muchas otras formas de depredación, comenzando por la ambiental. Basta con ver en que estado quedan las orillas de la Laguna luego de un fin de semana, para comprender la gravedad de la depredación ambiental. Ideologías al margen, es indudablemente cierto que las diferencias sociales, como determinantes de las posibilidades de acceso a la educación, son condicionantes sustanciales para la formación de la conducta humana. Vamos a exponer esta idea con crudeza para que se comprenda en todo su significado: muy difícilmente vayamos a encontrar excrementos humanos en el parque de un complejo de cabañas donde el turista paga no menos de $200.- por día de alojamiento. Sin embargo, en determinados sectores de la Laguna donde se concentra lo que algunos denominan el “turismo popular”, encontrar excrementos humanos luego del fin de semana, es moneda corriente. Cualquiera tiene derecho a pensar, que no se trata de diferencias culturales, sino de algo mucho más sencillo, como la falta de baños públicos en cantidad y calidad suficientes. Humildemente opinamos que es una concurrencia de ambos factores. Del mismo modo es usual encontrar sectores parquizados de uso público con el césped quemado, parrillas rotas, bolsas de plástico y botellas flotando en la Laguna, turistas con gomeras intentando matar teros en la calle “Los Teros”, y tantas otras expresiones de depredación. Conductas depredadoras que no se resuelven con más baños públicos. El uso indebido de cuatriciclos transportados sobre costosas camionetas, sin duda también resulta un factor crítico de depredación ambiental, tanto como los caballos o las vacas que se “escapan todos los días” (sic), de la casa de algunos vecinos o de los campos aledaños. Por otra parte, sería ingenuo encarar este problema solamente a partir del “turista malo”. Sistemas cloacales furtivos o inadecuados, o la venta indebida de alcohol, son igualmente contrapuestos al interés común. Es vox pópuli que en la época de oro del pejerrey, los botes sin licencia se alquilaban por centenares, violentando sin el menor escrúpulo, la capacidad de reproducción del principal recurso pesquero (y por entonces, el principal atractivo turístico, sino el único). El desaliento al turismo depredador es una responsabilidad de toda la comunidad, pero por los medios con que cuenta, le cabe al Estado municipal un rol protagónico y fundamental en este sentido. La educación y concientización del turista “malo” mediante campañas de información es un instrumento válido, tanto como la prestación de servicios indispensables –como los baños públicos- pero es a todas luces ingenuo pensar que se puede “educar” a personas sin códigos, en un fin de semana con un simple folleto. El instrumento fundamental del estado es el dictado de normas y su efectivo control, tanto sobre la demanda como sobre la oferta. Dicho en lenguaje llano, el Estado debe dictar normas claras, comunicarlas debidamente, y ejercer un control eficaz, tanto sobre los turistas como sobre los comerciantes. Del mismo modo, resulta necesario reglamentar actividades vinculadas al turismo, de modo que las mismas puedan desarrollarse sin obstáculos y en un marco adecuado. No es concebible que se impida al turista disfrutar de un cuatriciclo o de la posibilidad de andar a caballo, como lo hace en cientos de destinos turísticos de la Argentina. El asunto es establecer racionalmente dónde, cómo y cuando.
El turismo progresista El turismo deseado por todas las plazas receptivas sin excepción, aquél por el que compiten tanto los operadores privados como los funcionarios de turismo de los diferentes Estados municipales, ese turismo por el que se invierten millones en campañas publicitarias institucionales al inicio de cada temporada, es el turismo al que llamamos progresista. Calificación que no depende en absoluto de la condición social o capacidad económica del turista, sino de su conducta como tal. Sería de una necedad ideológica suprema afirmar que contribuyen por igual aquellos que gastan $500.- por día que los que gastan $20.- Es innegable que contribuyen a aspectos diferentes del desarrollo integral de la comunidad, y en diferente medida según su capacidad económica. El turista que termina sintiéndose atraído a adquirir una propiedad en la Laguna e invierte cincuenta o cien mil dólares, pone en valor –por efecto de su demanda- el patrimonio inmobiliario de toda la comunidad, y sostiene una fuente de trabajo fundamental, como lo es la industria de la construcción. No existe desarrollo turístico integral posible, sin una gastronomía acorde a las exigencias del turista de clase media. Para que la gastronomía sea viable todos los días del año, es indispensable contar con una masa crítica de potenciales clientes con determinada capacidad de consumo. No haber alcanzado aún ese umbral, es uno de los problemas más serios que presenta hoy la Laguna, para su desarrollo turístico. Si no fuera así, varios empresarios gastronómicos de Lobos, gente del rubro, ya hubieran puesto su pié en la Costanera. El turismo “popular”, por su parte, contribuye de modo sustancial a sostener al comercio minorista. Los rubros básicos del comercio minorista, obtienen del turismo popular el volumen que es incapaz de brindarle la escasa población permanente de la localidad. Sin esos miles de visitantes ocasionales que gastan $ 20.- desaparecerían de la Laguna, por ejemplo, la mayoría de los almacenes y “supermercados”. El denominador común del turismo progresista –cualquiera sea su poder adquisitivo- es que trae progreso, sin depredar los recursos naturales y culturales de la comunidad receptiva, haciendo sustentable un proyecto de desarrollo a largo plazo. Sin depredar tampoco las expectativas y demandas, diferentes y singulares, de cada uno de los sectores que componen el propio flujo turístico, haciendo posible la convivencia del turismo popular con aquél segmento que exige otros estándares de servicios. Para el correcto funcionamiento de este modelo, resulta indispensable que el Estado municipal dicte normas, delimite espacios y derechos compatibles entre sí, atendiendo a la verdadera naturaleza de su función, sin pre-conceptos ideológicos o políticos vacíos de todo contenido viable, cumplimentando su rol de manera eficiente, en estrecha colaboración y consenso con los operadores privados y la comunidad en general.
La naturaleza del “consenso” en materia de inversiones y desarrollo
Se construye consenso, observando y haciendo observar por una parte, los intereses generales de la comunidad, pero por otra y simultáneamente, considerando por donde transcurren los flujos reales y determinantes de la actividad particular sobre la cual se quieren construir esos consensos, para propiciarla e incentivarla. En la Laguna de Lobos, cualquiera sabe dónde se han realizado inversiones trascendentes en los últimos años. La sola visualización del mapa de las inversiones reales y concretas del sector privado, orienta al Estado Municipal para reforzar su presencia –y su rol activo en las áreas que le corresponden- en aquellos lugares en donde antes no había nada, o casi nada. En lo que podríamos llamar el “casco histórico” de Villa Loguercio (lo que en otras ciudades se llama románticamente “la Ciudad Vieja”) la antigüedad promedio de las viviendas es de varias décadas. Pero más allá de la Calle 30 (en lo que se ha dado en llamar risueñamente “el fondo”) es de apenas unos pocos años. Allí se están desarrollando la mayor parte de las inversiones inmobiliarias de la Laguna, con destino a viviendas permanentes o de fin de semana, generando un importante flujo de dinero fresco “traído de afuera” hacia decenas de trabajadores, y pymes locales proveedoras de insumos, que a su vez emplean a mas personas. Lo mismo ocurre con la hotelería de la Laguna. Los tres emprendimientos más importantes inaugurados en los últimos años, emplazados en esa zona, están fuera del alcance de las pocas calles transitables de la Villa, y acceder a ellos en días de lluvia es casi tan atrevido como practicar turismo aventura. Cualquier dirigente experimentado sabe que, una es la manera de construir consenso a la hora de hacer política partidaria (donde las reuniones, las charlas y los actos resultan conducentes y efectivos), pero otro muy diferente es el modo de hacer -construir- políticas, cuando se trata de propiciar el desarrollo económico real, consolidar las nuevas inversiones privadas, y generar las condiciones necesarias para incrementarlas. En materia de desarrollo turístico, los emprendedores privados son el brazo ejecutor de las políticas del Estado (aún en Estados como el cubano). Y deben ser vistos como los socios naturales de esas políticas, que al igual que otras políticas sectoriales, tienen como último fin –al menos desde los objetivos gubernamentales- generar desarrollo económico, trabajo y bienestar para toda la comunidad. Es entonces, en la coordinación profesional de esfuerzos e intereses reales, públicos y privados, en donde debe construirse un consenso creativo, pragmático, sobre cuestiones concretas, que haga posible un salto cualitativo de la Laguna de Lobos como destino turístico regional.
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Alejandro Guetti |
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